martes, 12 de febrero de 2013

El misterio de San Martín y sus vinculaciones con la Masonería Parte II

Esta es la segunda y última entrega del trabajo de Terragno en torno a las vinculaciones del Libertador Don José de San Martín y la masonería, de su obra MAITLAND & SAN MARTIN - Sandro.


El catolicismo de San Martín
Quienes sostienen que San Martín era católico, apostólico y
romano, se apoyan en hechos ciertos.
A los ya transcriptos, puedo agregar otros.
El Estatuto que San Martín hizo sancionar en Perú dice, en su
Sección Primera, que “la Religión Católica, Apostólica y Romana es la Religión del Estado: el gobierno reconoce como uno
de sus deberes el mantenerla y conservarla, por todos los me-
dios que estén al alcance de la prudencia humana” (José Agustín de la Puente Candamo, San Martín y el Perú. Planteamiento doctrinario (Lima, 1948), p. 177).
Es cierto que un principio similar establecería la Constitución
argentina de 1853, impulsada por más de un masón; pero la peruana iba más allá: reservaba los puestos públicos a quienes
profesaran la Religión del Estado y prescribía castigos para
quienes atentaran contra ella. Más significativo aún, contenía una norma contraria al espíritu de la masonería, que procura colocarse a sí misma más allá de toda confesión religiosa y proclama su respeto a todos los cultos. La Constitución peruana reconocía la libertad de cultos “únicamente para las confesiones cristianas, previa consulta al Consejo de Estado”, el cual podía denegar permiso para profesar aquellos cultos cristianos que, a su juicio, conspirasen contra el “orden público” (De la Puente Candamo, San Martín y el Perú, p. 177).
Un autor peruano ha querido ver en esto una necesidad política:
Una declaración de esta naturaleza era de todo punto necesaria,

porque los españoles, y los enemigos de la independencia, hicieron
creer a los pueblos que los patriotas eran enemigos de la religión.
(Paz Soldán, cit. por De la Puente Candamo, San Martín y el Perú, p. 178).
La declaración no tuvo por qué ser fingida. San Martín profesaba la fe católica. Ahora bien, eso no excluye que haya participado de logias masónicas o pseudo-masónicas. 
Es cierto que la masonería había sido condenada, en el siglo 18, por los papas Clemente XII (In eminenti, 1738) y Benedicto XIV (bula Providas, 1751). No obstante, “la afluencia de católicos y de eclesiásticos era masiva en las logias”, en las cuales “se respetaba la religión” (José A. Ferrer Benimeli, La masonería española en el siglo XVIII (Madrid, 1974), p. 352).

Es que la Iglesia había censurado a estas sociedades secretas, sobre todo, por la seguridad de los estados. La Providas invocó las disposiciones del derecho romano contra los collegia illicita, por las cuales se prohibían las “asociaciones formadas sin el consentimiento de la pública autoridad” (Ferrer Benimeli, La masonería española, p. 351).
Los católicos liberales, que renegaban de la asociación del clero con el absolutismo, sostenían su derecho a profesar la fe y, al mismo tiempo, luchar por las libertades. 

Acreditar la fe católica de San Martín no resuelve, por lo tanto, la cuestión.

La Parfaite Amitié
En 1822, una vez convertido en Protector del Perú. San Martín envió a Juan García del Río y James Paroissien como enviados personales a Londres.
El objetivo de la misión era persuadir a un noble europeo para que aceptara la corona del Perú (Humpreys, Liberation in South America, p. 101; John Lynch, Gran Bretaña,
San Martín y la independencia latinoamericana (Buenos Aires, 1978), p. 480). Los elegidos eran:
• Leopoldo, Príncipe de Sajonia-Coburgo, casado con la
Princesa Charlotte, hija del Príncipe Regente; o en su defecto

• El Duque de Sussex.
El Duque de Sussex era Gran Maestre de la Gran Logia Unida de Inglaterra. Había reemplazado en ese cargo a su hermano, el Príncipe Regente, quien en 1813 optara por asumir como Gran Maestre de la Gran Logia de Escocia, con Duff como segundo (Masonic Offering to H.R.H. Prince Augustus Frederick, Duke of Sussex, KG, Grand Master of the Freemasons in England (Londres, 1838).
Leopoldo, futuro rey de Bélgica, sería proclamado años más tarde Protector de la Masonería Nacional por los masones belgas (Grand-Orient de Belgique, Cérémonie Funèbre en Mémoire du Frère Léopold de Saxe-Cobourg, Premier Roi des Belges, Protecteur de la Franc-Maçonnerie Nationale (Bruselas, 1866), una de cuyas logias, La Perfecta Amistad (La Parfaite Amitié), acuñó en 1827 una medalla con la imagen de San Martín (Pérez Amuchástegui, Ideología y acción, p. 97), y esta leyenda en su anverso:




(LA PARFAITE AMITIÉ CONST . . . A L ́OR . . . DE
BRUXELLES LE 7 JUILLET 5825 AU GENERAL SAN MARTIN 5825.

5825 es 1825. Los masones no siguen el Anno Domini sino el Anno Lucis, conforme la cronología de James Ussher, el presbítero irlandés del Medioevo, que situó la Creación en el año 4000 (o 4004) antes de Cristo.
La medalla, que presenta un perfil de San Martín grabado por Jean Henri Simón, circuló en copias de plata y bronce.
La emisión fue anunciada por la prensa belga. El diario Le Belge dijo que la medalla hacía honor “al general justamente célebre” (Le Belge Ami du Roi et de la Patrie, 19 de enero de 1825).

La idea de ayudar a Bélgica a separarse del Reino de Holanda cobró cuerpo en Inglaterra (donde San Martín vivía desde principios de 1824), particularmente en los ambientes masónicos, que antes se habían mostrado muy activos en la lucha contra Napoleón.
Es significativo que San Martín se haya instalado en Bruselas a comienzos de la rebelión belga y haya permanecido allí hasta 1830, una vez declarada la independencia del país.
Más de un historiador ha afirmado que los rebeldes belgas le ofrecieron a San Martín la jefatura de la Revolución. En un coloquio internacional, celebrado en Bruselas, un expositor belga
dijo que el ofrecimiento le fue hecho por el Barón de Wellens.
San Martín –según la misma fuente– rechazó la jefatura y propuso, en su lugar, al general Juan van Halen (François-Xavier de Donnea, discurso de apertura, coloquio internacional Le Général José de San Martín en Belgique, Bruselas, 12 y 13 de junio de 1998).


Van Halen y la guerra al absolutismo

La historia de van Halen ayuda a entender el papel que las logias masónicas cumplieron en España a principios del siglo 19 (La fuente principal de “Juan Van Halen y la guerra al absolutismo” es: Iris M. Zavala, Masones, comuneros y carbonarios (Bilbao, 1971), p. 13. Algunos datos biográficos fueron completados con referencias extraídas del Diccionario Enciclopédico Salvat (Barcelona, 1960), t. XII, p. 363).
Antes de la Revolución Francesa, la masonería era casi desconocida en la península. Los aires liberales trajeron estas sigilosas organizaciones, cuyo régimen de secreto juramentado era apto para reformadores deseosos de socavar el absolutismo monárquico.
Cuando Napoleón invadió España, llevó consigo las ideas liberales y la masonería. Los partidarios españoles de Bonaparte (que también los hubo, al menos en los primeros momentos) constituyeron logias en toda la península.
En el sur, se crearon sociedades secretas “para reunir por las fórmulas masónicas a los liberales dispersos por las Andalucías” (José Manuel Regato, Resumen histórico de las maquinaciones y tentativas revolucionarias (1830), cit. por Zavala, Masones, p. 14).

El Conde de Montijo estableció el Grande Oriente en Granada y cerca de él comenzó a militar van Halen (Narrative of don Juan Van Halen’s Imprisonment in the Dungeons of the Inquisition at Madrid, and his Escape in 1817 and 1818 (Nueva York, 1818),

pp. 34-35).

De ascendencia flamenca, este militar había nacido en la isla de León, en 1790. Cuando los franceses entraron a España, él tenía dieciocho años y le dio la bienvenida a la invasión. Más tarde comprendió que –como español– debía defender a un tiempo el liberalismo y la independencia. Luchó entonces contra el invasor y, en esa guerra, conoció a San Martín.
Luego de la restauración borbónica, van Halen fue encarcelado (en 1815) por conspirar contra Fernando VII. Puesto en libertad, volvió a caer preso en 1817 y 1818 por integrar el grupo de militares liberales revolucionarios que lideraba el general José María Torrijos. Logró fugarse y llegar a Rusia, donde sirvió durante dos años en el Ejército del Cáucaso.
En 1821 regresó a España, donde fue jefe de estado mayor de una de las fuerzas en lucha contra el absolutismo. Dos años después, derrotada su causa, se trasladó a los Estados Unidos.
Más tarde, van Halen se radicó en Bruselas, donde se reencontró con San Martín. El Libertador vivía allí desde fines de 1824.
En Bruselas, van Halen se vinculó a la Logia Los Filantrópicos (Barcia Trelles, San Martín en Europa (Buenos Aires, 1948), p. 74).
Las Mémoires de van Halen fueron publicadas en 1827 en Bruselas. Al año siguiente aparecería en Nueva York una narración de sus encarcelamientos y fugas en lo que (en sus palabras) fueron “las mazmorras de la Inquisición en Madrid”  (Zavala, Masones, p. 14).

La “Sociedad de Comercio” y el “establecimiento de educación”
La medalla de La Parfaite Amitié parece acreditar la vinculación de San Martín con esa logia.
Un historiador ha creído encontrar, por otro lado, indicios de la participación de San Martín en la sociedad Amis du Commerce. Esta era una sociedad masónica (Cf. Gran Oriente Federal Argentino, revista Verbum, N° 12 (Buenos Aires, 1948), cit. por Barcia Trelles, San Martín en Europa, p. 76) y Agustín Barcia Trelles cree que el Libertador se refirió a ella en una carta que dirigió el 16 de octubre de 1827 a su amigo Miller.

En esa carta, escrita en respuesta a una que le enviara Miller, San Martín le reprocha a su amigo que le escriba en inglés (idioma que el Libertador nunca dominó) y, para peor, con mala letra. Cuenta San Martín que pidió el auxilio de “un mayor inglés que concurre a la Sociedad de Comercio” (Barcia Trelles, San Martín en Europa, p. 75), con el fin de obtener una traducción, pero hasta el mayor se vio “en apuros” para descifrar la tortuosa caligrafía de Miller.
El lugar al que concurría ese mayor inglés era, casi con seguridad, una logia; pero no necesariamente la Amis du Commerce.
Era común que San Martín utilizara, a modo de eufemismo,
expresiones como sociedad de comercio.
La Logia Lautaro, por ejemplo, era un establecimiento de educación. Así lo demuestran las tres cartas dirigidas en 1816, desde Mendoza, a Guido, que estaba en Buenos Aires:

• 6 de abril: “Dígame usted con franqueza cómo va el estableci-
miento de educación en ésa, pues yo temo que si no se dirige bien
no prosperará ese utilísimo establecimiento”.
• 6 de mayo: “Mucho me alegro de que el establecimiento de mate-
máticas progrese; si está bien dirigido, las ventajas serán ciertas”.
• 14 de junio: “Yo creo que aunque no sea más que por conveniencia propia no dejaría Pueyrredón de favorecer el establecimiento de pública educación [...] Sería también conveniente llevar de ésta [Mendoza] a Chile ya planeado el establecimiento de educación pública, bajo la dependencia de esa ciudad [ Buenos Aires]”(Efraín Oscar Schmied, Masonería universal (Buenos Aires, 1995), p. 85).

Dándole la razón, Pueyrredón le escribió a San Martín el 10
de septiembre: “El establecimiento de matemáticas será prote-
gido hasta donde alcance mi poder. El nuevo secretario interino, Terrada, también es matemático y por consiguiente me ayudará al fomento de un objeto tan útil”.

Juan Florencio Terrada era militar, no matemático; pero había
sido iniciado en la masonería en 1807, cuando se incorporó a la
Logia Independencia, que presidía Julián Álvarez. Al formarse
la Logia Lautaro, pasó a ser parte activa de esta sociedad (A. Lappas, La masonería argentina, p. 375).

Al referirse a la logia, San Martín usaba siempre un circunloquio. No obstante, cometía (a juicio de Pueyrredón) la imprudencia de usar el símbolo H ... (hermano). El 9 de octubre Pueyrredón le aconsejó: “Omita usted siempre en sus cartas la letra H con la que acostumbra concluir; basta un : pour éviter qu ́une surprise donne lieu à des soupçons” (Schmied, Masonería, p. 87).


Los archivos de la Gran Logia de Bélgica
Esos archivos fueron incautados, durante la segunda Guerra Mundial, por las fuerzas nazis de ocupación. Al producirse la liberación, las tropas soviéticas tomaron los archivos y los enviaron a Moscú.
Los historiadores no tuvieron acceso a esa fuente hasta la disolución de la Unión Soviética.
Ahora, los archivos son filmados por el Instituto de Estudios de
las Religiones y el Laicismo, de la Universidad Libre de Bruselas.
Cuando todos los materiales estén clasificados y al alcance
de los investigadores, quizás surjan nuevos elementos sobre La
Parfaite Amitié y los vínculos masónicos de San Martín en Bruselas. Si bien su relación con Bélgica es posterior a su gesta su-
damericana, esos vínculos aparentan ser (como en el caso de von Halen) consecuencia de relaciones anteriores.
No necesitamos esos elementos, sin embargo, para dar por acreditado que San Martín tuvo contacto en Europa con maso-
nes que, protegidos por el secreto de sus sociedades, promovían
un ideario liberal.

Por “la independencia y felicidad de América”
Es impensable que San Martín no haya tomado conocimiento en Inglaterra de todas las posibilidades de asistencia británica a sus esfuerzos por promover lo que la Logia Lautaro llamaba “la independencia y felicidad de América” (Mitre, The Emancipation of South America, p. 47).
Sus lazos con la masonería le facilitaban el acceso a gente como Robert Dundas.
Las recomendaciones de Duff (tan amigo del Libertador y tan
encumbrado masón), así como los increíbles vínculos de Miran-
da y Bello, debieron ponerlo en contacto con los distintos planes británicos para “hacer una impresión” en Sudamérica (“To make an impression” (eufemismo que significa atacar) es una frase usual
en Maitland).













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