domingo, 6 de enero de 2013

El Ara y la Cadena de Unión

Material aparecido en el volumen de arquitectura Símbolo, Rito, Iniciación, La Cosmogonía Masónica (Ed. Obelisco, Barcelona 1992), firmado por Siete M.: M.:.

A L.: G.: D.: G.: A.: D.: U.:


EL ARA Y SU SALUDO RITUAL
Como todos los HH.: sabemos, el Ara es el altar de nuestro T.: que es también nuestro templo y por lo tanto una imagen del cosmos. En el centro de ese espacio, entre la puerta y el Or.: y las Col.: del Norte y del Sur se encuentra nuestro altar iluminado por las llamadas: tres pequeñas luces. 
Esta piedra o ara, por marcar el centro, señala también el eje del taller, es decir, la posibilidad de comunicación alto-bajo, ascendente-descendente, entre la tierra y el cielo que en forma simbólica está representado en el techo. 
Y es a través del rito de nuestros estudios y trabajos, de nuestras ceremonias y gestos invariables que esta comunicación se reactiva y se hace en nosotros, los que nos ponemos entonces en condición de poder recibir los efluvios de lo alto, las inspiraciones emanadas del G.:A.:D.:U.:, las que constituyen todo Conocimiento y Sabiduría. 

Es pues el Ara el punto más importante del Tem.:, a partir del cual, se organiza toda la L.: y los trabajos que en ella se realizan. Es el símbolo de lo invisible por excelencia, que él expresa formal y sensiblemente, y a él mira simultáneamente toda la L.:, tanto el Or.: como los otros puntos cardinales. 
La escuadra y el compás se hallan sobre él simbolizando la unión entre la tierra (la escuadra, el cuadrángulo) y el cielo (el compás, el círculo) ya que él manifiesta el "axis" en el que se conjugan las polaridades. 
Ya sabemos que nuestra L.:, al simbolizar el cosmos, simboliza tanto el macro como el microcosmo puesto que éste es una miniatura de aquél, por lo que el taller es también una imagen de nuestro templo interno y el ara, por ser su punto central, corresponde en el ser humano a su corazón, lugar donde se recibe la palabra y la sabiduría divina -testificadas por el Libro Sagrado que reposa en nuestro altar- lugar de transformaciones y de realización. Hacia esta transmutación están orientados nuestros esfuerzos; lo que es lo mismo que pulir la piedra en bruto, o ir ascendiendo escalonadamente los estadios sucesivos del Conocimiento, que se corresponde con los grados de nuestra Orden. Esta posibilidad de ascenso y superación está siempre presente en el pecho de cada A.:, C.: o M.:, que en virtud de haber recibido la iniciación se halla especialmente cualificado para efectivizar estos símbolos, para hacerlos una realidad interna que vaya actuando en nosotros al ser evocados por la meditación, el estudio y la reiteración ritual. 
Queremos recordar también para finalizar, que el Ara es el lugar en el que efectuamos nuestros juramentos (promesas decimos algunos HH.:), como manifestación visible de una energía invisible y trascendente. 
Sobre ella, como imagen del centro espiritual, y en lo hondo de nuestro corazón, es que hemos aceptado nuestros compromisos internos y hemos prometido cumplirlos, llevarlos a cabo. Esto podría parecer ridículo a aquél que ignorase todo sobre el simbolismo o no hubiera podido salir verdaderamente del mundo profano. Pero no lo es para los Mas.:, los que al comprender el símbolo y el rito en el interior de su corazón, los efectivizan, al vivenciarlos. Por ese motivo es que son tan importantes los gestos rituales, ya que por medio de ellos se renuevan las posibilidades que contienen, pues expresan con exactitud una cosmogonía en movimiento, un cosmodrama, aunque se ignore esta circunstancia. Sin embargo, es obvio comprender que cada vez que pasamos junto al Ara y lo saludamos, no sólo estamos dando una muestra de respeto al símbolo en cuestión y a todo aquello que llevamos dicho acerca de lo que él representa, sino que además renovamos ritualmente nuestros compromisos y promesas masónicas, volviendo a religarnos con ellas precisamente en el lugar de la recepción de las emanaciones del G.:A.:D.:U.:, lo cual constituye un perenne recordatorio de nuestra auténtica calidad masónica. 
Y nos preguntamos, ya para finalizar, ¿acaso no es a esa identificación a la que conduce el caminar "por las vías que nos han sido trazadas" a las que alude el ritual de apertura?
¿Y no son en el fondo esas "vías trazadas" la propia herencia tradicional cuyo origen está en aquel gesto primigenio, y a la que tenemos que actualizar transmitiéndola en el ciclo histórico que nos toca vivir? 

C.: de U.:: 
Como todos conocéis, al final de nuestras ten.: finalizamos el rito con la llamada C.: de U.:. 
Esta cadena que nos une a todos, desde el V.:M.: a los nuevos AA.: tiene, entre otros, dos significados que desearíamos destacar en este momento. En primer lugar, es una imagen en el plano de la cadena vertical que entronca con los orígenes de nuestra Orden y asegura una transmisión regular, a través de los iniciados de todos los tiempos, con el G.:A.:D.:U.:. Esto se produce por medio de nuestros símbolos, ritos y mitos que no son sino manifestaciones prototípicas de arquetipos permanentes que, hoy como ayer, están presentes en el plan y la estructura cósmica. 
En segundo término, y como su nombre lo indica, significa la unión efectiva y real de los integrantes de la L.: en una nueva entidad que rechaza las individualidades para integrarlas en un organismo unitario de energía y alcance mayor por sus propias características transpersonales, conformando así un colectivo cuya fuerza es más grande que la suma de los elementos individuales, como bien lo sabéis por propia experiencia, pues ya habéis participado en su composición. Haciendo la salvedad que esta cadena fraterna no sólo se refiere a nuestra L.:, o a nuestras obligaciones con toda la hermandad Mas.:, sino a la humanidad en general, y en particular a la totalidad de los iniciados que hubieran conocido el camino del conocimiento por otras vías diferentes a la nuestra. 


Debemos recordar sin embargo que cuando comienza a formarse, esta cadena, está incompleta y hay un vacío en ella, un eslabón que aún no ha sido cerrado, por lo que el V.:M.: pregunta: "Q.:H.:, M.: de C.: ¿Por qué está rota la cadena?" 
Y el M.: de C.: responde: 
"Por nuestras imperfecciones V.: M.:". 
Entonces el V.: M.: vuelve a preguntar: 
"¿Cómo podemos cerrarla?" 
Y el M.: de C.: contesta: 
"Con las palabras sagradas de Sabiduría, Fuerza y Belleza. Uno para todos y todos para uno, repetidas tres veces". 
"Cerradla, querido hermano", ordena el V.:M.:, y mientras el M.: de C.: lo realiza, los integrantes de la L.: pronuncian tres veces las palabras sagradas, sus brazos derechos sobre los izquierdos y engarzando los dedos con los de los lados, constituyendo un círculo mágico perfecto de concentración de vibraciones, un dínamo generador, no únicamente capaz de transmitir su fuerza a cada uno de los integrantes, sino la de emanar a otros espacios visibles e invisibles; Una forma activa de la invocación y también un encantamiento de protección para todos aquellos que tienen la gracia de participar en los misterios del Arte Sagrado, los llamados guardianes del Templo de la sabiduría salomónica, imagen de todos los templos, los que como parte de sus funciones deben saber estrechar sus filas y trabajar de modo armónico, tendiente a la perfección.

lunes, 24 de diciembre de 2012

EL TIEMPO EN LOS TRABAJOS y LA LINEA DE SUCESOS.


Hace algunos años, hice esta modesta plancha referente al tiempo, su relatividad, los trabajos en los talleres y la denominada línea de los sucesos, como la misma es escueta -por no decir escasa- me animo a incorporarla a esta miscelánea masónica y espero que funcione como disparador de pensamientos de mayor fuste. Que el gran Pitagoras nos ampare... SANDRO M.:M.: 

Tanto Aristóteles como Newton, pensaban que el tiempo era absoluto, es decir, ambos creían que se podía afirmar inequívocamente la posibilidad de medir el intervalo de tiempo entre dos sucesos sin ambigüedad alguna, y que dicho intervalo de tiempo sería a su vez, el mismo para todos aquellos que lo midieran, siempre y cuando utilizaran un buen reloj. Al amparo de estas ideas el tiempo estaba totalmente separado y era independiente del espacio. Estas nociones fueron barridas por la tan mentada teoría de un desconocido burócrata de la oficina de patentes de Suiza. 
Ahora bien, ¿como se relacional el tiempo y el espacio con nuestro trabajo en el taller? 
En primer lugar hay recordar que es en física un “suceso”: 
“Un suceso es algo que ocurre en un punto particular del espacio y en un instante determinado. Por ello, se puede describir por medio de cuatro números o coordenadas… tres coordenadas espaciales… y una medida de tiempo… A menudo resulta útil pensar que las cuatro coordenadas de un suceso especifican su posición en un espacio cuatridimensional llamado espacio tiempo.”(1)
Por ejemplo el sol se apaga en este mismo instante, este suceso solamente será percibido en la tierra con una diferencia de ocho minutos que es tiempo que tarda la luz en llegar hasta nosotros. Nuestros ojos ven un suceso que ocurrió hace ocho minutos y nos parece que tal acontecimiento está ocurriendo en este momento. 
Notemos que en el interior de templo masónico: “el tiempo y el espacio son concebidos… en forma independiente al tiempo y al espacio de la realidad que se abre más allá de sus puertas”(2). En razón de ello importan un suceso en si mismo, o dicho en otras palabras, una posibilidad mental del espacio tiempo. 
Para un observador externo, en este momento son por ejemplo las veintiún horas de un día miércoles de julio de 2010, pero para nosotros, ubicados en la línea de sucesos, esto es, puertas adentro, el tiempo es otro. Como reza nuestra liturgia en este momento es de día y probablemente sea un bello día, puesto que los aprendices abren los trabajos a las doce del medio día en punto, cuando el sol se encuentre en el cenit y los cierran a media noche, también en punto. 
Para este mismo observador, las horas que los Masones estamos bajo el egregor de la logia, ni siquiera equivale a doce horas, si no tan solo a algunas pocas, un par, por ejemplo. 
Pero para nosotros, que estamos inmersos en líneas de los sucesos, estos acontecimientos equivalen simbólicamente a doce horas de trabajo. 
Para terminar, si el sol se apagara en este instante, simbólicamente para nosotros este brillaría por siempre, por que cuando estamos trabajando en logia, nuestra línea de sucesos, por lo menos en un plano poético, no se encontraría en el mundo profano. 


Sandro M.:M.:


1. Stephen W. Hawking, Historia del Tiempo, Bs. As. 1992, Editorial Planeta Argentina S.A.I.C., p. 44.
2. Ritual & Libro de Aprendiz Masón, Primer Grado del Rito Escocés Antiguo y Aceptado, p.45.

lunes, 10 de diciembre de 2012

Fraternidad.


sábado, 1 de diciembre de 2012

El camino de la iniciación, una cuestión de género por Norma Mazur






La presente nota fue publicada en el Nº405 de la Revista "Todo es Historia", en abril de 2001, en un capítulo dedicado a la Masonería Argentina. (Sandro)

Los templarios y la tradición masónica


En un célebre trabajo publicado en 1983 titulado Inventing Traditions, el historiador inglés Eric Hobsbawm analizaba los mecanismos culturales por los que los diversos grupos sociales construyen sus tradiciones como mecanismo de validación social.
Para  Hobsbawm, las tradiciones (entendidas como un conjunto coherente de ideas y prácticas transmitidas de manera inalterada dentro un determinado grupo humano) eran el fruto de una invención que reinterpretaba -o incluso creaba- un pasado idealizado. Dicho pasado encarnaba la “esencia” que definía al grupo a lo largo de las generaciones. Por cierto, las tradiciones no surgen de la nada ni son por completo arbitrarias. Sin embargo, ellas son a menudo el fruto de una operación hermenéutica en el que el presente se proyecta en el pasado transformando su significado. En este sentido, la función primaria de la tradición es la fijación de una equivalencia entre pasado y presente, enmascarando ausencias o transformaciones, e instituyendo a ese colectivo humano como un todo perfecto, homogéneo y armónico que se despliega en el tiempo más allá de los individuos concretos que lo componen. Por último, la “invención de la tradición” tiene una funcionalidad específica, esto es, instituir una identidad histórica como la fuerza legitimante de las aspiraciones de aquellos que – en el interior de cada grupo humano- aspiran a monopolizar la autoridad legítima.
Si bien Hobsbawm pensaba el concepto de “invención de la tradición” para el contexto específico del surgimiento de los nacionalismos modernos, creo que puede ser de gran utilidad para pensar el desarrollo de la tradición masónica. En este sentido, las diferentes modalidades que asumió la tradición masónica son el reflejo de la elección de un “pasado autoritativo” que se interpreta como una continuidad genética  entre pasado y presente.
Para ilustrar mi punto me concentraré en el vínculo entre la masonería y la “tradición templaria” a partir de dos problemas. Primero, una breve e incompleta semblanza de los templarios como orden de caballería en la Edad Media. Y segundo las condiciones políticas y culturales que generaron el revival templario en el siglo XVIII y de ahí su incorporación en la tradición masónica.
Todos conocemos la vinculación entre la masonería” y los gremios de constructores medievales.  A menudo se cita una profusa documentación que, desde una lectura acrítica, sería probatoria del vínculo genético entre los francmasones operativos y la masonería simbólica. Dejando este problema de lado, si la continuidad entre los albañiles medievales y la masonería moderna puede argumentarse con algún grado de verosimilitud, el vínculo entre la masonería y los templarios ofrece mayores dificultades en tanto los “indicios” sólo pueden aceptarse a partir de una interpretación en extremo arbitraria.
¿Pero qué o quienes fueron concretamente los templarios? Sin duda, La Orden del temple fue la más célebre de las órdenes de caballería medievales. Su nombre proviene del monte del templo, ocupado actualmente por la explanada de las mezquitas en Jerusalén, y donde a comienzos de la Era cristiana se encontraba el  segundo templo. Volviendo a los Templarios, su constitución en 1119 está íntimamente relacionada con el espíritu de la reforma general de la Iglesia impulsada por los papas llamados “reformadores”. Esta reforma (conocida como reforma gregoriana, en honor a uno de sus más conocidos impulsores el Papa Gregorio VII) se proponía una reorganización de la cristiandad occidental a partir de cuatro principios: La estricta separación entre el status clerical y el status laico, la limitación de la injerencia laica en los asuntos de la Iglesia, la transformación del clero cristiano en una estructura vertical bajo el estricto control papal y, sobre todo, la constitución de una “jurisdicción papal” que abarcara tanto los asuntos internos de la Iglesia como de la sociedad laica. En consecuencia, no es exagerado postular que los objetivos de la reforma excedían los estrechos límites de la institución clerical y se proyectaba al conjunto de la sociedad. Con respecto al status laico, los papas reformadores se propusieron dos objetivos primarios, reafirmar el control clerical sobre el ciclo vital de los fieles y, a la vez, “regularizar” (esto es imponer patrones de comportamiento de acuerdo con el modelo monástico) a todos los órdenes de la sociedad. Así el laicado se estructuró a partir de una serie de normativas que apuntaban a regular los comportamientos. En lo concerniente a la aristocracia laica, las regulaciones apuntaban a restringir la violencia y estaban basadas en una ética que a la vez los subordinaba a la dirección eclesiástica y los legitimaba como clase dominante. Así, el ethos guerrero aristocrático se reformuló a partir de la idea del lugar que ocupaba en la jerarquía social. De ahí en más, la función guerrera se regiría por la ética del Miles Christi, como brazo armado de la Iglesia y protector de los otros dos órdenes de la sociedad.
Es en este contexto ideológico que debemos entender el surgimiento de las órdenes de caballería. Los dos efectos que acompañaron dicho surgimiento fueron la “regulación” de la función guerrera (en el sentido de que el status guerrero asumía un componente análogo al monástico) y la organización de esas órdenes de acuerdo a un esquema territorial y autónomo dentro de la Iglesia. En cuanto al primer efecto, debemos notar que la Orden de los templarios fue fundada con el objetivo de proteger y alojar a los peregrinos a tierra santa, hacían votos de pobreza y castidad (como monjes) y se estructuraban en casas inspiradas parcialmente en el modelo organizativo de los monasterios benedictinos. En cuanto al segundo, el modelo organizativo impuesto a la Orden templaria derivaba de la Orden cluniacense que, rompiendo con la lógica confederal benedictina, se basaba en la fundación de filiales en diversos territorios, todos sometidos a un Prior. De esta manera, los templarios se constituyeron como una estructura supraterritorial, cuyas posesiones -acumuladas a través de donaciones piadosas- la transformaron en una poderosa organización: política, económica y religiosa presente no sólo en tierra santa sino en todos los reinos cristianos.
No es necesario recordar que el éxito organizativo de los templarios fue la causa misma de su ruina. Para finales del siglo XIII, cuando la última posesión latina en el levante había sido recuperada por los mamelucos, la razón de ser de los templarios había desaparecido. Al mismo tiempo, la orden se había transformado en un “Estado dentro del Estado” que amenazaba las pretensiones legitimistas de las incipientes monarquías centralizadas. Justamente fue Felipe IV de Francia quien, a pesar de la reluctancia de los Papas Bonifacio VIII y Clemente V, logró desarticular la Orden en su reino e impulsó que la mayoría de los reinos europeos lo imitaran.
A principios del siglo XIV, la Orden templaria quedó por completo desarticulada, sus integrantes asesinados o –en el mejor de los casos- integrados a otras órdenes y sus propiedades confiscadas.
En este punto ya podemos avanzar una conclusión: primero, la fundación del Orden del  temple fue el resultado de las condiciones sociales y culturales del siglo XII y, por lo tanto, nada hubo de misterioso en su origen y mucho menos en su caída. Sin embargo, tres fenómenos han contribuido a cubrir a los templarios de un aura de romanticismo y misterio. El primero es la torpe actitud del Gran maestre Jacques de Molay quien -con una evidente falta de tacto político- frustró toda posibilidad de negociación con la monarquía francesa (a diferencia de los Hospitalarios) y contribuyó decisivamente a la desarticulación de la orden. El segundo fenómeno, las acusaciones de herejía, fue la base de la lectura retrospectiva de los templarios como librepensadores, sabios poseedores de un saber oculto que combatían al dogmatismo de la Iglesia católica. No obstante, ha sido suficientemente demostrado que los templarios desarrollaron una escasa actividad intelectual, y las acusaciones eran invenciones que formaban parte del arsenal típico de lugares comunes  que los inquisidores de la época usaban contra casi todos los herejes (imaginarios o no).
Por lo tanto, los templarios nunca generaron una corriente doctrinal contraria a la ortodoxia papal. El tercer y último fenómeno es el destino de los templarios. En este caso, se han sugerido las más disparatadas teorías que fueron abonadas por la sistemática negación de los testimonios que permiten afirmar la supervivencia de los templarios (aquellos que no fueron ejecutados, que en realidad fueron una minoría) en el seno de otras órdenes (como los hospitalarios). Así los templarios se transformaron en personajes misteriosos, omnipresentes en la historia (siempre con indicios débiles), portadores de maravillosos tesoros, viajeros  a los más exóticos destinos  y un secretismo que será el camino que permitió su reaparición cuatro siglos después.
Durante la baja Edad Media y la temprana modernidad, las órdenes de caballería proliferaron y a la vez cambiaron en su carácter y funciones. Simplificando un poco las cosas, se integraron al sistema de órdenes y honores conferidos por las monarquías, perdiendo cualquier finalidad concreta más que la de contribuir a la sociabilidad cortesana a través de la constitución de hermandades aristocráticas. En otras palabras se transformaron en formas de sociabilidad específicamente aristocráticas dentro de una sociedad jerárquica en la que la acumulación de títulos y honores habilitaban al acceso del sistema de prebendas. En este sentido, las Órdenes tardomedievales y modernas fueron  análogas a las cofradías y hermandades que proliferaron en los estratos inferiores de la sociedad.
Entre mediados y finales del siglo XVII la proliferación de sociedades voluntarias de carácter científico, religioso y cultural permitió la emergencia de una esfera pública de debate político. En este contexto, el tipo de hermandades como las logias masónicas experimentaron un crecimiento y al mismo tiempo una profunda reestructuración. Justamente fue Inglaterra -donde el debate constitucional de la segunda mitad del siglo XVII había alcanzado un desarrollo mayor- la punta de lanza de de este cambio. En pocos años, formas similares se desarrollaron en el continente. Así, la emergencia de la masonería especulativa no puede verse tanto como una continuidad sino como una profunda cesura. Si los documentos fundacionales destacan el vínculo genético entre los albañiles medievales y la asociación de “hombres libres y de buenas costumbres” no es sino a condición de encubrir una naturaleza radicalmente diferente. El tantas veces evocado “paso de la masonería operativa a la masonería especulativa” es un punto de inicio, una verdadera “invención de la tradición”.
Dos de las características más notables de la masonería especulativa son su transversalidad y la tensión inherente entre su espíritu igualitario y los principios jerárquicos propios de la organización en grados. Por un lado, la masonería rompía con los principios jerárquicos del Ancienne Régime postulando una sociedad de “hombres libres e iguales” que alcanzaba a todos los hombres, independientemente de su origen social y atendiendo solamente a los méritos individuales como criterio de incorporación. Pero, por otro lado, las ideas y prácticas de una sociedad firmemente anclada en las desigualdades jurídicas se filtraban en el ritual masónico distorsionando el espíritu igualitario. En otras palabras, si en la teoría las logias masónicas se constituyeron como espacios en los que se diluían las desigualdades propias de la sociedad profana, en la práctica, estas últimas se mantenían en base a múltiples mecanismos (formales e informales) que aseguraban la reproducción de las jerarquías en su interior.
A menudo se ha afirmado que el punto de partida de la vinculación entre masonería y la Orden del temple fue el Discurso pronunciado en la recepción de los masones pronunciado en 1737 por Michael Andrew Ramsay (1686-1743), noble escocés en el autoexilio en Francia y Gran Orador de la Gran Logia de Francia. Ramsay que era un noble escocés católico y filojacobita fue miembro de la Royal Society y de la Orden de San Lázaro de Jerusalén, (una orden originalmente creada en  para el tratamiento de leprosos y que tuvo muchas reencarnaciones hasta el día de hoy). Pertenecía a un círculo de nobles británicos católicos (ingleses y escoceses) exiliados en la Francia de Luis XV que se oponían a la supremacía Whig de la monarquía Hannoveriana. Esta oposición, rechazaba de plano las formas más utilitaristas del naciente capitalismo inglés a través de una nostalgia romántica por un pasado idílico en el que el paternalismo aristocrático aseguraba la concordia social. No resulta extraño que en ese ambiente resurgieran ideas que intentaban reinterpretar a la masonería desde una ética caballeresca íntimamente ligada al catolicismo (recordemos que no era el catolicismo ultramontano de la era post-revolucionaria sino un catolicismo que aún toleraba la experimentación en sociedades intelectuales y secretas). En este sentido, las ideas de Ramsay iban de la mano con una tendencia generalizada de “refundación” dentro del contexto católico continental de órdenes de caballería como espacios de sociabilidad de la elite. Durante todo el siglo XVIII, Europa, y especialmente Francia asistió al resurgimiento de estas órdenes de caballería cuyos objetivos eran políticos.
 La masonería constituía un ambiente  excelente para la difusión de las ideas de los Estuardos y una forma inmejorable de relacionar los ambientes jacobitas tanto los exiliados en Francia como los que aún permanecían en Escocia. En este sentido, no es posible soslayar que el proyecto de Ramsay estaba en consonancia con las aspiraciones de Charles Edward Stuart (el famoso Bonnie Prince), también masón, pretendiente jacobita al trono inglés e instigador de la revuelta de 1745.
Paradójicamente, Ramsay no menciona en su discurso a los templarios. Sin embargo, establecía un vínculo directo con el espíritu de cruzada. Los postulados de la vinculación entre las cruzadas y la masonería  eran simples. Ambas constituían una sociedad de caballeros en lucha por la virtud en un mundo corrompido por la violencia interconfesional. Su objetivo era lograr la unidad de Europa bajo la primacía de una elite iluminada de aristócratas que asegurarían con su gobierno la paz. Ramsay resumía este objetivo estableciendo -sin ningún testimonio que pudiera sostener sus afirmaciones- una continuidad histórica  entre cruzados y masones:
Nuestros ancestros, los Cruzados, procedentes de todos los lugares de la cristiandad y reunidos en Tierra santa, quisieron de esta forma agrupar a los súbditos de todas las naciones en una sola confraternidad. Qué no le debemos a estos hombres superiores quienes, sin intereses vulgares y sin escuchar el deseo natural de dominar, imaginaron una institución cuyo único fin es reunir las mentes y los corazones con el propósito de que sean mejores.
Con estas palabras Ramsay le confería a la masonería un status caballeresco. Los cruzados eran el antecedente lógico para un proyecto político que buscaba la concordia europea bajo la hegemonía política de una república de notables inspirados en los ideales del Miles Christi. Pero este ideal no era un proyecto meramente teórico sino el fruto de un proyecto político concreto. Su columna vertebral estaba compuesto por los miembros de la aristocracia conservadora británica (principalmente, pero no exclusivamente escocesa) que se oponían al materialismo liberal de los parlamentarios Whig. En otras palabras, era un proyecto retrógrado y romántico basado en un espiritualismo nobiliario nostálgico de una Edad media virtuosa.
Luego del fracaso del proyecto jacobita, en Escocia sobrevivió una tradición que desarrolló y amplió la conexión entre los templarios y la masonería. El gusto por el pasado de las órdenes de caballería se mantuvo, no sólo en las novelas románticas de Sir Walter Scott (HM) sino también en el interés de otro noble escocés, Alexander Deuchar, que reavivó a finales del siglo XVIII el templarismo. De una manera análoga la nostalgia de Scott por el pasado épico escocés, Deuchar se abocó a la “reconstrucción” de los ritos templarios heredados por los masones escoceses. Este personaje fue uno de los principales promotores del revivalismo templario junto a Sir James de Saint Claire quien reacondicionó  la archifamosa capilla de Rosslyn (naturalmente parte de la herencia familiar) uno de los centros de la masonería templaria.
Para concluir, el mito templario es indispensable para comprender una de las vertientes constitutivas de la tradición masónica. Paradójicamente, el lazo no se encuentra en una supuesta continuidad genética entre los templarios y los masones sino en el particular contexto político y cultural europeo (particularmente británico) de comienzos del siglo XVIII, que “inventó” en los caballeros del temple el antecedente perfecto para una masonería conservadora, esotérica, anti-racional y anti-igualitaria que resistía -a partir de la idealización del pasado- al proceso de constitución de la sociedad capitalista moderna.
Las publicaciones en torno a los “orígenes de la masonería” se multiplican año a año. En ellas nos acostumbramos a encontrar repetida hasta el infinito la “invención” de vínculos con el pasado cada vez más bizarros. Cualquiera que sea la teoría que estas publicaciones abonen (arquitectos, templarios, monjes etc…) todas parten del “mito de los orígenes” en los que la masonería emerge como una continuidad genética en el que el presente está contenido en el pasado, siempre al gusto del autor. Por el contrario, creo que la historia de la masonería necesita una renovación metodológica que se preocupe menos por sus orígenes que por el contexto específico de su desarrollo. En este sentido, y tomando la propuesta metodológica que hiciera E. P. Thompson, propongo pensar la “formación histórica de la masonería” como un proceso continuo de cambio, en el que las rupturas son tan importantes como las continuidades. Aclaro que esto no significa negar de plano la historicidad dichas continuidades ni la imposibilidad de construir un relato histórico, sólo pretendo enfatizar que el pasado inventado (descubierto o creado) dice mucho más de nosotros que de nuestros antepasados.

H.·.F.·. M.·.M.·.

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