domingo, 22 de junio de 2014

EL HOMBRE QUE PLANTABA ARBOLES.


"En 1914 Jean Giono realizaba un largo viaje a pie por las alturas montañosas y desconocidas de una vieja región de los Alpes que penetra Provenza en el sur de Francia. Los carboneros habían deforestado la tierra, los arroyos se habían secado y las ciudades estaban desiertas. Después de tres días, Giono se encontró en medio de una desolación sin precedentes, buscaba agua pero por todos lados la misma sequedad. Levantó campamento y a las cinco horas de marcha le pareció distinguir en la lontananza de una pequeña silueta que la tomó por el tronco de un árbol solitario. Se dirigió hacia allí, era un pastor. Una treintena de ovejas acostadas sobre la tierra ardiente y su perro descansaban junto a él. Le hizo beber de su cantimplora y lo invitó a su cabaña. Su nombre era Elzeard Bouffier. Tenía cincuenta y cinco años y su esposa e hijos habían muerto. Para Giono fue claro que pasaría la noche allí. Esa noche, el pastor fue a buscar un pequeño saco y vació sobre la mesa una pila de bellotas, seleccionó las mejores y cuando tuvo delante de si cien bellotas perfectas se fueron a acostar. Al día siguiente Giono acompañó a Buffer, una vez llegado al lugar a unos doscientos metros de altura, clavó su barra de hierro en la tierra. Hizo así un agujero en el cual metió una bellota y luego la rellenó. Plantaba robles. Le preguntó si la tierra le pertenecía, le respondió que no. Si sabía quiénes eran sus dueños, no lo sabía, ni estaba interesado en conocer a sus propietarios. Había llegado a la conclusión de que esa tierra se moriría por falta de árboles. Plantó así sus cien bellotas, con cuidado extremo. Respondiendo a la insistencia de su compañero le contó que durante tres años había estado plantando árboles en esa soledad. Había plantado cien mil. De éstos, veinte mil habían crecido. De estos, veinte mil habían crecido. De estos veinte mil contaba aún perder la mitad por los roedores y de todo lo que es imposible prever de los designios de la Providencia. Quedaban diez mil robles que crecerían. En este paraje donde nada había crecido antes. Giono partió a la primera guerra mundial y no regresó hasta cinco años después. Más allá del pueblo muerto divisó un bruma gris que recubría las colinas como un tapiz. Buffier había continuado plantando árboles imperturbablemente y los robles de 1910 ahora tenían diez años. El espectáculo era impresionante. Al regresar al pueblo vio correr agua por los arroyos que habían estado secos desde que el hombre tenía memoria. “Era la más formidable reacción en cadena que había visto. Al mismo tiempo que el agua reaparecía, reaparecían los sauces, los mimbres, los prados, los jardines, las flores y una especie de razón de vivir”. En 1935 una delegación administrativa fue a examinar “el bosque natural”, decidieron que había que hacer algo y afortunadamente nada fue hecho, salvo poner al bosque bajo protección. Giono regresó todos los años y vio por última vez a Elzeard Bouffier en 1945, tenía entonces ochenta y siete años. Todo había cambiado. Pero lo más sorprendente de todo fue escuchar el verdadero murmullo del agua corriendo. …vi que había sido construida una fuente y que al agua fluía abundante, alguien habría plantado junto a ella un tilo, símbolo de una resurrección. La esperanza había entonces, retomado. Si se cuenta la antigua población y los recién llegados, más de diez mil personas debían su felicidad a Elzéard Bouffier. Cuando tomo en cuenta la infatigable grandeza de alma y la tenacidad en la generosidad necesarias para lograr este resultado, me siento imbuido de un inmenso respeto por ese viejo campesino inculto que tuvo a bien realizar esta obra digna de Dios:” Extracto original en francés: L´homme qui plantait des arbres.

El mundo profano cómo símbolo por un M.·.M.·. de la R.·.L.·. Renovación 333


Oriente de Buenos Aires, 18 de Junio de 6014 v.·.l.·.

El mundo profano cómo símbolo - V.·.M.·. y QQ.·.HH.·. todos
En nuestra i.·., antes de realizar los t.·. v.·. rituales el V.·.M.·.  nos instruye acerca del simbolismo de la c.·. de r.·.. En ella, nos dice, aprendemos que todo in.·. debe morir a la sociedad profana: 

en la que reina la envidia, el fanatismo, la discordia, la vanidad y otras muchas pasiones que lo esclavizan, necesita morir para ese mundo y renacer en otro distinto, en el que impera la Virtud y se practica la Fraternidad(1).

Más adelante, el ritual masónico nos indica que los d.·. p.·. v.·. simbolizan la oposición, en tanto fuerzas antagónicas, entre el mundo profano y la masonería. Mientras que el p.·. es representado como un estado de anarquía y competencia en el que se encuentra todo aquello que es negativo, la s.·. se le contrapone como la inversión misma (como puesta en un espejo) de aquel. Este juego de espejos se reafirma una vez finalizado el p.·. v.·., cuando el V.·.M.·. opone masonería y mundo profano como pares polares. Así, el mundo profano es gobernado por “el conjunto de las pasiones humanas: guerras, traiciones y desgracias que alteran la paz de los Hombres” En consecuencia el masón debe sostener una completa lucha: para sostener, la Virtud contra el vicio, la Sinceridad contra la perfidia, la Libertad contra la tiranía (2). 

En suma, todo el simbolismo desplegado en nuestro ritual de i.·. apunta al antagonismo entre mundo profano y masonería como polos opuestos de la experiencia humana. Mientras que el primero representa el lugar donde (desde la filosofía masónica) se encuentran todos los vicios, las pasiones y los males, la segunda representa un ideal de virtud que, si bien se presenta a priori como inalcanzable, sirve de guía y herramienta para moldear la conducta del masón.  Por esta razón, el i.·. “renace” luego de morir al mundo profano, debe despojarse de los metales que materializan los males que trae del mundo exterior. Sin embargo, debemos recordar que la misma i.·. nos indica que al reconocer la polaridad entre aquello se encuentra afuera del templo (profano) y lo que se encuentra dentro del templo (sagrado) el masón emprende un proceso transformativo, que apenas se ha puesto en movimiento con la iniciación y, al menos para los sensatos, permanece necesariamente inconcluso.
Ahora, como todo lenguaje simbólico, la validez de esta oposición no procede de su verdad fáctica, del status verificable de sus afirmaciones, sino de su aproximación estética, esto es, de su cualidad metafórica, podríamos decir Hiperbólica, donde la figura retórica suspende provisoriamente el régimen de verdad positivo para, al transformarlo en simbólico, puede asumir una dimensión pedagógica. Por lo tanto, dada la naturaleza simbólica de las enseñanzas masónicas resulta inconcebible tomar dichos postulados en términos fácticos. La experiencia cotidiana nos recuerda que la masonería aspira a la perfección como una utopía y nunca podrá considerarse plenamente justa y perfecta salvo en el momento mismo en que el progreso espiritual y material de la humanidad haga que su existencia se vuelva superflua. En tal sentido, el masón trabaja la piedra despojándose de los vicios profanos aún sabiendo que la misma naturaleza humana conspira contra la definitiva realización de sus trabajos. De la misma manera, el mundo profano –en tanto lugar donde se condensan todos los males- no puede (ni debe) ser rechazado por el masón, sino que debe ser entendido como un símbolo que trasciende ambos términos de la polaridad. Así, distinguimos “lo profano” como “símbolo” de las imperfecciones de la naturaleza humana, y el “mundo profano” como experiencia, como realidad cotidiana cargada de matices, tanto positivos como negativos.

En conclusión qq.·. hh.·. “lo fraternal” en tanto sustantivación de todo aquello distintivo de la masonería no es más que un símbolo de una perfección inalcanzable. Por lo tanto, “lo profano” no puede pensarse más que como un símbolo que funciona por analogía. Como a otras polaridades, los distingue el juego de espejos: el adentro y el afuera, lo propio y lo extraño, lo positivo y lo negativo, lo femenino y lo masculino, el blanco y el negro. La simbología masónica toma la confrontación de los opuestos sin resolverla necesariamente con la destrucción de algunos de los términos, sino con su coexistencia conflictiva como medio de anular los riesgos del dogmatismo. Por lo tanto, sería un craso error pensar que los opuestos sintetizan realidades efectivas. No es por inherentes al mundo profano que los masones debemos rechazar los vicios sino por el hecho de ser contrarios al progreso humano aún cuando los vicios se manifiesten dentro de nuestros talleres. 

Hace una pocas tenidas atrás un H.·. del cuadro nos hablaba de los masones sin mandil, profanos que sin haber tomado las herramientas contribuyen en la obra magna. No es necesario insistir que la situación opuesta es igualmente patente en nuestra orden. Y concluyo estas líneas preguntándome si, hoy en día, cuando la masonería se propone como modelo para la sociedad profana, no debiera buscar en el mundo profano -el real, no el simbólico- herramientas (por supuesto que no todas) que le permitan realizar sus aspiraciones de perfección. Me refiero a que la masonería argentina necesita dar cuenta de procesos de transformación social acaecidos en los últimos 30 años,  repensar –en tanto no reconocemos dogma alguno- algunos de sus “límites” y abrirse a la democratización de sus dinámicas organizativas, el ejercicio de la autocrítica, el sometimiento a escrutinio racional de sus posturas en temas sensibles dentro de un mundo cambiante (salud, educación y género). En suma, buscar menos certezas y convertirse en cuestionador permanente, en irreverente, en iconoclasta de todo y en especial de sí misma. 

Cumplido V.·.M.·.  

viernes, 20 de junio de 2014

La bandera Nacional por el H.: Sandro


Este es un trabajo que escribí para un veinte de junio del año 2009 de la e.:v.: que aproveche!

LA BANDERA NACIONAL


Llegado el año 1812, Belgrano guarneciendo con sus tropas las baterías Libertad e Independencia, insistió ante el gobierno para que se designara el pabellón que debía ser utilizado para las mismas.
¿Es que acaso podía un ejército combatir sin un pabellón propio?
El 27 de febrero de 1812, sin esperar la respuesta de la consulta, enarbola una nueva bandera, conforme a los colores de la escarapela nacional: blanco y azul celeste.
Cosme Maciel, ayudante de Celedonio Escalada, ante la tropa formada en cuadro, sobre las barrancas del Rosario iza la bandera argentina por primera vez.
Belgrano arenga a la tropa, a la cual le exige el juramento de luchar por la América del Sud el templo de la independencia, de la unión y de la libertad (1).
El gobierno reprobó el acto de Belgrano, puntualizó la conveniencia de obrar con circunspección; a dichos efectos le remitió la bandera usada en el Fuerte, recomendándole el ocultamiento simulado de la que recientemente había enarbolado.
Belgrano no recibió la queja del gobierno y llevó consigo la nueva enseña al Ejército del Norte. Procedió deliberadamente porque comprendía que su acto espontáneo necesitaba en forma expresa la ratificación que el gobierno le negaba.
No han pasado aún los tres meses, cuando el nuevo pabellón hace nuevamente su aparición ante las tropas, saludado con salvas de cañón, puesto a la expectación en los balcones de la Casa capitular y bendecido por Juan Ignacio Gorriti en Jujuy. 
Belgrano lo levanta en sus manos y arenga en términos entusiastas a los soldados:

“vosotros tendreis un motibo más de recordarlo, quando, en el p. primera vez, veis la bandera nacional en mis manos, q. ya os distingue de las demás Naciones del globo…”.  

Belgrano después de Tucumán y casi en vísperas de otra victoria, la de Salta, enarboló nuevamente el 13 de febrero de 1813 la bandera en el río Pasaje (2) . 
El reconocimiento oficial de la bandera blanca y celeste se produjo en la sesión del 20 de julio de 1816 del Congreso de Tucumán, por iniciativa del diputado Juan José Paso. 
El reconocimiento oficial como Día de la Bandera llegó en 1938 por ley del Congreso de la Nación, que lo estableció el 20 de Junio, por ser el aniversario del fallecimiento del Dr. Manuel Belgrano, declarándolo asimismo como día feriado nacional.

Manuel Belgrano nació el 3 de junio de 1770 en Buenos Aires, la Luz de finales del siglo XVIII lo vio erigirse como Bachiller en leyes graduado en Valladolid en 1789.
En el año 1794 contando con tan solo veinticuatro años ocupó el puesto de Secretario en el recientemente creado Consulado de Buenos Aires, para señalar con ojo avezado los remedios orgánicos para los males crónicos de nuestra patria en gestación, en pos de defender los intereses de los habitantes de la región.
Consecuentemente con sus proyectos, Belgrano obtuvo la creación de una Academia de Dibujo y otra de Náutica.
Como Capitán de las milicias urbanas luchó contra los británicos en 1806 y 1807.
Participó como vocal en la primera junta de gobierno en 1810 constituida después de la separación de España.
Como General, combatió en el Paraguay y pasó a mandar las baterías de Rosario, donde creo y enarboló por primera vez la bandera argentina el 27 de febrero de 1812.
Después de alternar victorias y derrotas en Tucumán y en el Alto Perú, marchó a Europa como diplomático en 1813.
A su regreso a Buenos Aires en 1816 propuso proclamar la independencia y formar un gobierno monárquico, coronando a un descendiente de los incas, pero sus propuestas no fueron escuchadas.
Nombrado Jefe del Ejército del Norte, terminó con las luchas internas que afectaban a varias provincias.

Con motivo de una conferencia patrocinada por el Instituto Belgraniano de la Ciudad de La Plata, pronunciada en el Salón Dorado del Palacio Municipal el 27 de junio de 1970, se destaco como con el paso del tiempo el mensaje del General Don Manuel Belgrano, permanecía vigente como un legado para las generaciones futuras, el cual me permito traer a colación, en sus palabras iniciales:

“MINTAKA, ANILAM, ALNITAK es el nombre árabe de tres brillantes estrellas más comúnmente conocidas como las TRES MARIAS, estrellas que se destacan en el firmamento, mudos testigos seculares del acontecer en este mundo.
El fulgor de su brillo es el mismo de las estrellas que desde lo alto cobijo al General Don Manuel Belgrano, y quizá fue una de ellas la que guió e inspiró su paso triunfal por la tierra.
Como las estrellas nombradas, como el brillo de sus luces que permanece en el infinito, que asombra y conmueve por la inmensidad de su misterio, así es la luz del entendimiento que irradió el espíritu de ese hombre extraordinario cuyo mensaje permanece latente y se expande y se traslada en el tiempo aumentando su brillo cuando más lo conocemos y más nos acercamos a la fuente que genera, es decir a su personalidad humanidad.”

Las “semillas” de Belgrano fueron sembradas con la obstinada fe del educador que tiene, por ser tal, paciencia larga y confianza profunda en el porvenir del hombre.
Uno de los hombres más grandes que ha dado la patria, falleció el 20 de junio de 1820.

Cumplido V.:M.: 

Sandro

(1) CALIXTO LASSAGA, La bandera argentina, determinación del sitio en que se enarboló por primera vez, Rosario 1930, pp. 3-24, entre muchas otras obras que así lo refieren.
(2) LEVENE RICARDO, Historia de la Nación Argentina, volumen 5 bis, Buenos Aires, 1940.

Reflexiones sobre el nombre de nuestra Logia: JUSTICIA SOCIAL por Bernardo de Monteagudo, M.·.M.·. R.·..·. Justicia Social 511


A la mayoría de los HH.•. que formamos, o formaron, parte de este Taller nos pasa que cuando algún H.•. de otra L.•. nos pregunta por el nombre de la nuestra y le respondemos “Justicia Social”, podemos percibir una sonrisa un tanto socarrona o escuchar la pregunta ¿Cómo hicieron para ponerle ese nombre?, o el inevitable: “Deben ser todos peronistas”.
Esta situación me hace, por decirlo de alguna manera, disparar las reflexiones que siguen con la esperanza de  que los QQ.•.HH.•. aborden el tema y podamos, en conjunto, dilucidar de que hablamos cuando hablamos de “Justicia Social”.
Más allá de que algún H.•. pueda adherir a las ideas de un determinado partido político, el término “Justicia Social” es anterior a la aparición, como expresión política, del Justicialismo y además es un término de alto contenido masónico.
¿Se puede hablar de Fraternidad sin hablar de una sociedad más justa? 
¿O consideramos que la Fraternidad es solo para practicar entre HH.•.? 
No, definitivamente no, aspiramos a que la Humanidad, en su totalidad, sea fraterna.
Haciendo un poco de historia encontramos que el jesuita Luigi Taparelli fue el primero en utilizar, en 1843, el concepto de Justicia Social, ante los desajustes que la sociedad europea enfrentaba con el avance de la industrialización y el capitalismo, en un trabajo titulado “Ensayo teórico del derecho natural”.
No me parece necesario, en este momento, entrar en otras consideraciones sobre este punto, que merece ser tratado en otro trabajo, solamente señalar que Taparelli fue cofundador, en 1850, de la revista “Civita Católica”, publicación creada para el debate doctrinario con “el liberalismo, la masonería y el modernismo”, destacar que, además,  puede ser considerado el inspirador de la Doctrina Social de la Iglesia Católica y que su hermano Massimo fue un importante dirigente masón de la época, tal vez, uno de los “padres” de la actual Italia. 
El concepto es tomado en el final de la década de 1880 por los socialistas fabianos de Inglaterra y luego, por el Partido Laborista cuando la Sociedad Fabiana se integra al mismo, después lo hace suyo la socialdemocracia y en Argentina Alfredo Palacios es el primero en utilizarlo.
Pero, ¿Qué es la Justicia Social?
¿Es solo asegurar a todos los ciudadanos el derecho, entre otros, a la educación, la salud, el trabajo digno, la vivienda o, también, es asegurar una distribución justa y equitativa del ingreso?
¿Es el Estado el que debe asegurar esos derechos o basta con la buena voluntad, si es que existiera, de la iniciativa privada?
¿Son justos los exagerados márgenes de ganancias de las empresas en una sociedad mundial con alta tasa de empobrecimiento?
Son muchas las preguntas que me hago y siempre llego a la misma respuesta: elegí el camino de la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad, es mí deber no dejar que muera la Esperanza por lo tanto es mi obligación buscar una sociedad más justa que permita el pleno desarrollo de todos sus integrantes.
Es cuanto.

 Bernardo de Monteagudo, M.·.M.·. R.·..·. Justicia Social 511

domingo, 18 de mayo de 2014

El filósofo de la razón absoluta por ESTEBAN IERARDO


En la biografía de D’Hondt, Hegel es el pensador surgido de la teología y la masonería; el que pregonó la igualdad política y teorizó sobre la dialéctica.

El filósofo odia no entender. Ambiciona ser el que explica la verdad. Y el sueño más furioso de esa explicación es un tipo específico de conocimiento: el del todo ordenado. Y si en el fondo la realidad es el caos, este escándalo debe ser disfrazado. El artista de los disfraces de un saber absoluto es Hegel. Pero antes de la interpretación de una filosofía, lo primero es ingresar en su arquitectura conceptual. Jacques D’Hondt (1920-2012) ha limado las llaves para abrir la puerta del edificio hegeliano, de la vida pensante del gran filósofo de La fenomenología del espíritu .

En su obra Hegel (Tusquets, 2013), D’Hondt propone una biografía sobre el gran pensador alemán. Pero la calificación de biografía es peligrosa. No se trata de un disciplinado catálogo informativo de los principales momentos e ideas del pensador en una secuencia cronológica. Es más bien una memorabilia reflexiva. El estudio de D’Hondt inhibe las calificaciones cerradas del género biográfico. Es en definitiva un ensayo legible como una novela, sobre el filósofo del vuelo de águila del Espíritu Absoluto y la dialéctica.

Y además de reflexiva e inquisitiva, la mirada del biógrafo ensayista es heterodoxa. D’Hondt valora como relevante lo que para las habituales reseñas del pensador hegeliano es irrelevante. Es típico en la comprensión de la modernidad ignorar en su gestación la participación del simbolismo masónico, o de los Iluminados de Baviera (movimiento de estirpe masónica también, que ingresó al “estrellato” como los iluminati , por un reconocido best-séller, que tergiversa su naturaleza).

Lo masónico urde sus complejos rituales dentro de una libre religiosidad universal, que irradia aspiraciones filantrópicas y humanistas. Una filosofía simbólica que no se armoniza (o eso se pretende desde la academia filosófica), con la filosofía del cuarzo puro de la lógica. Dos modos filosóficos opuestos, como el del pez y el leopardo.

Por eso, la filosófica académica ignora el pensamiento francmasón y su huella en la cultura moderna (o sólo la acepta como dato histórico debidamente comprobado de su impacto en los movimientos revolucionarios contra las monarquías). Pero justamente D’Hondt no ignora la gravitación francmasónica en el pensamiento del siglo XIX. Por lo que el Hegel que emerge de su ensayo biográfico no es sólo el del intelecto de la racionalidad autosuficiente. Es otro, más inquietante, con algún atractivo novelesco o detectivesco, el del “Hegel secreto” (el nombre de otra de sus obras). El filósofo de la razón absoluta que también habría escuchado los murmullos del secreto y el silencio, que fluyen también entre los poros de la piel de lo moderno.

-II-

El camino hacia la cima lo comenzó Hegel en un ambiente de enseñanza teológica. Un camino que lo guiará en el sueño de una explicación conceptual del todo que, mucho después, otro pensador alemán, Adorno, cuestionará en su Dialéctica negativa (1966). Ya no la dialéctica consumada del todo sino su versión inconclusa, en la que el concepto no termina de absorber lo no conceptual en el mundo.
A sus diecisiete años, Hegel ingresó en el Stift, el famoso Seminario teológico de Tubinga. Allí conocería a sus dos grandes condiscípulos que, como él, estaban destinados al rayo de la fama: Hölderlin y Schelling. El primero, el gran poeta de las elegías de Pan y vino, sumido en el colapso mental en sus últimas décadas; el otro, el futuro filósofo del romanticismo, de la intuición de lo bello como preludio de la fusión con lo absoluto.
El propósito del Seminario era la formación de pastores luteranos. Como casi todos sus condiscípulos, Hegel aborrecerá ese destino. Prefería más el horizonte del librepensador. La seducción de lo ilustrado. En la segunda mitad del siglo XVIII, el río de la Ilustración se desbordaba cada vez más. Sus aguas acariciaban los corazones incluso de los jóvenes súbditos de una aristocracia controladora como la que reinaba en Alemania. Y cuando con la toma de la Bastilla, amanece la Revolución Francesa, ésta será celebrada por los tres condiscípulos amigos de Tubinga. El 14 de julio de cada año, Hegel recordará y repetirá el fervor juvenil de esa celebración.
El hechizo de las ideas republicanas de igualdad y fraternidad hará a Hegel partidario de la igualdad política, sin poder nunca en su vida cancelar las debidas muestras de respeto e integración a la nobleza en una Alemania dividida. Conflicto no resuelto entre el filósofo del Estado prusiano, y el pensador de un Estado de la idealizada igualdad ciudadana como mano de Dios en la tierra en su Filosofía del derecho. Conflicto entre el entorno histórico inmediato y el deseo renovador del pensamiento.
Pero en sus orígenes juveniles, en Tubinga, Hegel conoció el asomo de otro conflicto, seguramente nunca superado. Su origen teológico siempre combatirá con el llamado de la filosofía moderna. Nietzsche advirtió ese conflicto. D’Hondt lo subraya: “No tardarán ellos (Hegel, Schelling) en cultivar a su vez esta teología disimulada, la filosofía idealista alemana”. Por lo que “la teología ya sólo se propagará subrepticiamente bajo una máscara especulativa, porque ya no podrá presentarse ante el mundo a cara descubierta, sin ropas prestadas”.
En la cumbre posterior de la razón y el Espíritu Absoluto, en la maquinaria conceptual que todo lo devora y explica y pone en su debido lugar de Hegel, no es posible dejar de sospechar una continuidad. El topo teológico que sigue mordiendo en el subsuelo, para hacer de la razón humana el lenguaje disimulado de Dios pensándose a sí mismo.

III

Los inicios son también tiempos de fervor por Jacobi, Spinoza, una Grecia idealizada; y por el amor que, en los escritos teológicos juveniles de Hegel, es la fuerza cosmológica de integración y superación de los opuestos. Presentación in nuce de la dialéctica como medicina que desinfecta y cura las heridas de los conflictos en la historia.
Y en 1794 Hegel también escribe un poema sugestivo: “Eleusis”. Documento, para D’Hondt, de la relación probable entre el filósofo y la presencia cultural de francmasonería, aliada a los Iluminados de Baviera.
Eleusis: lugar de las iniciaciones en el templo de Deméter durante un milenio. Deméter, diosa griega antigua de la tierra fértil, garante de la resurrección en la alegría primaveral. Su sabiduría no es del ágora, usina de lo público. Nace dentro del templo, en el secreto y el silencio. El poema es dedicado a Hölderlin; y en él restalla un monismo panteísta, el aliento de una divinidad que acalora todo. Pero D’Hondt propone que el poema está dedicado indirectamente a Johannes-Noah Gogel, posible futuro contratante de Hegel, en Francfort. Hegel quería volver a Alemania luego de su hastío en Suiza, donde trabajaba como preceptor. Quería volver a casa. Y Gogel era francmasón. El poema con sugerencias indirectas de un saber masónico pudo ser no la expresión de una adhesión sincera a la doctrina de la escuadra y el compás, sino un intento calculado de agradar a Gogel para ser recibido como nuevo preceptor en su casa.
La prosapia masónica de Eleusis se transparenta en la defensa del secretismo y el silencio. Y el nombre mismo del poema era el nombre secreto de Ingolstadt, cuna de Adam Weishaupt, fundador de los Iluminados de Baviera.
¿Pero pudo haber algo más que un fingimiento de Hegel para agradar a un posible patrón masón? D’Hondt enfrenta la cuestión: “¿Fue Hegel miembro de la francmasonería? Esta pregunta ha sido dejada de lado por sus biógrafos de una manera tan constante que ahora exige el doble de pruebas antes de dar una respuesta afirmativa”. Y no hay pruebas definitivas. Pero, aunque no se haya demostrado la pertenencia formal de Hegel a alguna logia, esto no impide una simpatía o proximidad en el pensamiento. Porque “no era indispensable pertenecer a ellas (las logias) ‘corporativamente’ para conocer la ideología que animaba sus diversas obediencias…”, y eventualmente comulgar con su visión de mundo.
El mérito del énfasis de D’Hondt en el costado poco nítido del pensador de Las lecciones de la filosofía de la historia universal, no se encuentra tal vez en la cuestión de una filiación masónica de su pensar, sino en la actitud de deconstrucción de las imágenes petrificadas en torno a una vida y su pensamiento.
Introducir las dudas, las laderas poco transitables en la compresión amplia del filósofo de la dialéctica, como lo hace D’Hondt, prepara una sospecha. Un descubrimiento casi inevitable: poco probable será que la razón humana, vestida de filosofía, capture un todo transparente y comprensible. Porque la vida del propio filósofo, como la de cualquier ser, se empaña, inevitablemente, con regiones de oscuridad.

Fuente: http://www.revistaenie.clarin.com/ideas/filosofia/Hegel-Jacques-D-Hondt_0_988701137.html